¿Qué relación tienes con tu cuerpo?

Cuando empecé como profesora de baile, conseguí lo que siempre había luchado por otros medios, “cambiar” mi cuerpo con tanto ejercicio. Desde mi niñez, cuando tuve bulimia, habían quedado algunos lastres sutiles: mi cuerpo no era lo suficientemente delgado, formado, tenía celulitis, algún michelín y me miraba en el espejo muchas veces para que la ropa elegida disimulara mis zonas X. Ahora, al bailar tanto, ya no hacía falta castigarme con dietas, porque mi cuerpo reaccionaba al movimiento. Fue tal la sensación que cada vez entrenaba más y más, llegando al otro extremo, al de machacar mi cuerpo y caer rendida con bajones de azúcar, dolores musculares de pies, piernas, espalda, brazos… me lo pasaba tan bien que castigaba a mi cuerpo sin darme cuenta.

Los años anteriores, como ingeniera, habían resultado todo lo contrario con días interminables en una silla frente al ordenador. Llegué a tener enormes dolores de espalda cuando empecé a trabajar, no podía ni dormir por las noches, y ¿qué hice? Fui a ver médico tras médico para averiguar qué estaba mal en mi cuerpo, qué fallaba … sin pararme a pensar que no había nada roto en mi cuerpo, que precisamente porque estaba sano, se estaba quejando y dándome señales para que cambiara algo, que me diera cuenta que no le estaba haciendo bien con la vida que llevaba.

 
La terapia mental que había recibido para salir de la depresión que tuve antes de entrar en la escuela de baile había funcionado, me sacó de mi estancamiento, recuperé la ilusión,  y me di cuenta además, que mantener mi cuerpo activo dejándome invadir por la música y el movimiento fue lo que me hizo despegar y mantenerlo en el tiempo. Mis años de profesora en la escuela de baile me llevaron a observar las actitudes y cuerpos de muchas personas. La mayoría hablaban de los cambios que querían ver en sus cuerpos, de lo que comían  y lo disgustadas y descontentas, o incluso decepcionadas que se sentían por no poder ponerse una u otra ropa o querer llegar a tal talla.  Las observaba y las sentía como un gran espejo que me hizo darme cuenta de que ese no era el camino, ni el suyo ni el mío, pero decididamente, empecé a escuchar y sentir que estábamos equivocadas. Que no se trataba de luchar contra nosotras mismas.
Iba muy rápido en este tiempo, sentía que tenía un cuerpo que podía soportar toda la intensidad que yo quisiera, “todo está en la mente” era mi discurso, actitud, disciplina. Hasta que un día yendo rápido para llegar a tiempo a mi clase de baile me rompí un pie, tropecé con una alcantarilla. La vida me estaba parando, mi cuerpo me estaba parando, pero no escuché… en dos meses estaba de nuevo encima de un escenario dándolo todo!

Y tras haber susurrado por primera vez, al poco tiempo, mi cuerpo gritó y el mismo pie se rompió “a lo grande”. Mi sueño con el baile se esfumaba ante mis ojos y mi miedo a no saber qué hacer con mi vida se hizo cada vez mayor.

No podía aceptar lo sucedido y a los dos días me puse en manos de un fisioterapeuta que debería conseguir que en un mes pudiera volver a bailar. Empecé a pisar de nuevo a los seis días forzando a mi pie, a mi cuerpo, por conseguir lo que yo quería, pero lo que realmente conseguí con mi lucha fue un empeoramiento de la situación que supuso ¡cuatro meses con muletas!  … y ahí descubrí lo lejos que había estado de mí.  Fue justo cuando empezaba la formación de corporalidad y movimiento expresivo en la que descubrí la gran herramienta viva que nos forma, que esclavizamos  y no conocemos.

Empecé a darme cuenta de que mi cuerpo es un espejo de cómo me siento y cómo me quiero. De qué manera me trato. Como cualquier relación. Háblale mal a otra persona, trátale con desprecio y ¿qué recibes a cambio?

¿Qué sentirías si tu pareja quisiera cambiarte todo el tiempo?

Empecé a ver mi cuerpo como una brújula, no había que repararlo si dolía o me pasaba esto o aquello, sino que me indicaba un cambio de rumbo, un “oye, esto no te va bien, o sigue por ahí que es bueno para ti”. Y mis estados de ánimo, cambiantes, había una razón para ellos y a través de mi cuerpo era capaz de tener unas sensaciones, explorarlas, sumergirme en ellas para luego darles expresión y ponerles palabras. El cuerpo y la mente trabajaban como un gran equipo en el que nadie se imponía, con equilibrio, para dar soporte físico y razón a las emociones.

Y me di cuenta, de que el cuerpo habla, sin parar, todo el rato y que había estado sorda cuarenta años de mi vida. 

Sí, el cuerpo habla, y cómo lo hace te lo cuento en la siguiente publicación, que esta ya es larguísima!!

Cuéntame  si te has identificado con algo de mi historia, me encantará leerte!

 

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